Paraíso en el jardín

martes 14 junio, 2022

From issue: Cross Country en Español 69 – Julio 2022

Desde despegar de la puerta de la casa hasta sobrevolar los acantilados costeros más altos de Europa, la isla subtropical de Madeira en el océano Atlántico ofrece condiciones de vuelo espectaculares cuando el clima lo permite, escribe Melanie Weber

Fotos: Adi Geisegger

En su sentido estricto, Madeira, ubicado en el Océano Atlántico frente a la costa noroeste de África, es un archipiélago, formado por la isla principal de Madeira, la vecina isla de Porto Santo y otras dos islas deshabitadas. Su clima primaveral durante todo el año y sus fértiles suelos volcánicos son la razón de su flora subtropical única, la que le ha valido el apodo de Jardín del Edén. Casi dos tercios de la isla son parque natural protegido y la exuberante selva de laureles en la costa norte, la Laurissilva, es Patrimonio Mundial de la Unesco. El clima cambiante es una de las razones de esa sensación de jardín subtropical, pero ya hablaremos de eso. 

Aterrizamos en Funchal y después de unos 50 minutos en coche llegamos a nuestro hospedaje cerca de Arco da Calheta, “uno de los lugares más soleados de Madeira”. Nuestro anfitrión, Hartmut Peters de Madeira Paragliding, nos dio la bienvenida. “Ningún piloto tiene más horas de vuelo por año que yo y no hay en ningún lugar se vuela tanto como aquí”, dice mientras nos registramos. Recitó una lista de pilotos famosos que lo han visitado en su país adoptado. “Y nadie conoce la isla y su clima mejor que yo. Los mejores pilotos del mundo tuvieron que aprender eso aquí”.

No hablamos mucho y tardé un poco en descubrir que bajo ese duro exterior Hartmut oculta un interior de ternura. Vive en la isla desde 2000 y ha creado un pequeño oasis de parapente a pocos minutos a pie de su casa. Con los años ha transformado tierras cultivables abandonadas, repletas de paredes de piedra, canales de irrigación y empinadas terrazas, en una verde pradera para despegar, incluyendo pequeñas chozas de colores brillantes. Si lo deseas, puedes alojarte en el propio despegue. Se puede despegar hacia el este, sur y oeste. ¡Un sueño!

Cerca del mediodía, el viento era demasiado fuerte, así que la única opción era esperar. Pasé el tiempo en el despegue viendo las gallinas con sus polluelos recién nacidos piando frente a mí. Dos gatos descansaban en los pufs, disfrutando del sol de mediodía, mientras los conejos podaban meticulosamente el pasto del campo deportivo. Parecía un libro de cuentos ilustrado.

Al final de la tarde, el viento amainó y los tres despegamos desde la puerta de la habitación. Sobrevolamos las casas de Arco da Calheta y cobramos altura. Mientras la banda de elevación se expandía, seguimos hacia el mar, lo que nos dio una vista de la isla y de las gigantescas paredes de rocas bajo el despegue. Pasamos horas en el aire, explorando cada rincón. Al ponerse el sol, los acantilados revelaron todas las sombras. ¡Vaya manera de conocer Madeira!

Vimos el atardecer desde el aire y aterrizamos en la playa de Madalena do Mar, con las últimas luces. Hartmut nos buscó un poco más tarde y fuimos a un bar local. En lugar de la típica cerveza del aterrizaje, hubo una ronda de poncha. La bebida local es una mezcla de jugo de limón, miel y brandy de azúcar de caña. Un brindis por un exitoso primer día.

La meseta Paul da Serra

Al día siguiente fuimos testigos del cambiante clima. Llovía a cántaros con ráfagas de viento. Volar era impensable, pero por fortuna Madeira es famosa por su hermoso senderismo. La isla tiene una red de canales de irrigación, llamados levadas. Construidos en el siglo XV, eran usados para dirigir el agua desde el lluvioso norte al con frecuencia seco sur. Aquí el senderismo es una forma excelente de explorar el campo y ahora en la isla hay varios senderos bien desarrollados.

El destino de hoy era la meseta Paul da Serra. Cuando la isla aún era virgen, los cedros y los juníperos eran abundantes aquí. Sin embargo, la deforestación ha dejado tras de sí un paisaje de pastos, helechos y tojo, una especie traída de fuera. La meseta tiene casi 1.500m, con bordes empinados que ofrecen vistas hacia la distancia. En un día como este, lluvioso y con niebla, el área me recordaba a Escocia. También hacía frío y en invierno puede nevar.

Luego de caminar dos horas en este clima escocés, decimos parar y retiramos a la calidez del coche. Pero no habíamos terminado de explorar. Nos dirigimos al bosque de Fanal. Este bosque nuboso está en el noroeste de la isla, parte del gran bosque laurisilva protegido por la Unesco.

Aparcamos en la casa del guardabosques, en el Posto Florestal Fanal, y nos fuimos a explorar. La espesa niebla y la suave llovizna creaban un aspecto místico, casi como el bosque prohibido de las historias de Harry Potter. Luego de una caminata rápida bajo una lluvia cada vez más fuerte, volvimos al coche. Empapados, regresamos al hospedaje y nos dimos una ducha caliente. 

 

Cabo Girão 

Hartmut tenía un as bajo la manga para ese día. En el camino no paraba de elogiar los empinados acantilados de Cabo Girão y lo especial que era volar allá. Por la ventana vi las palmeras que cedían ante el fuerte viento. No parecía buen clima para volar, pero Hartmut era optimista.

Como en muchas de las islas, muchos vuelos se hacen en el sotavento de las montañas más altas. En el caso de Madeira, la isla sirve de escudo para los predominantes vientos alisios del noreste. Antes de ir al despegue, paramos en la plataforma de observación de Cabo Girão, construida a 590m en la cima de uno de los acantilados más altos de Europa. Desde la plataforma de cristal, la vista del océano, la costa y la naturaleza circundante es fantástica. Estábamos ansiosos por alzar el vuelo.

Al llegar a la pradera de despegue del oeste, a la altura del acantilado, Hartmut dijo a modo de broma, “No olviden respirar al doblar la esquina”. Nos preparamos y a volar. Nuestro corazón latía con fuerza cuando giramos hacia el acantilado. La vista que se nos reveló era indescriptible. Rocas salvajes brillaban con los tonos térreos más variados, prístinos y cubiertos de vegetación. La altura del acantilado era aún más impresionante desde el aire. Dejé escapar un grito de puro gozo.

Por suerte, el viento tenía la fuerza suficiente para volar a lo largo del acantilado. La vista del océano era enorme y podíamos incluso ver los límites de la zona de sotavento en el agua. Fue una sensación extraña, así que perdimos altura para mantenernos en un rango seguro. Jugamos con los turistas de la plataforma desde el aire, mientras nos aclamaban y saludaban una y otra vez. Volamos durante horas antes de descender en el aterrizaje oficial de la playa de Cabo Girão. Una breve caminata hasta el Rancho Gondola nos llevó de vuelta a la cerveza de aterrizaje en la estación. ¡Qué maravilla de día! Hartmut no exageró.

Puerto de Câmara de Lobos

Al día siguiente visitamos el pueblo de Câmara de Lobos. Fue bautizado por los exploradores portugueses del siglo XIV João Gonçalves Zarco y Tristão Vaz Teixeira, por la forma de la bahía y la gran cantidad de focas monje que vivían aquí en ese entonces. No vimos ninguna foca, pero sí una escultura hecha con la basura que trae el Atlántico.

Luego, un poco más arriba, en el jardín Ilheu, dirigimos la vista hacia Capo Girao y vimos una réplica de la legendaria Santa María navegando hacia nosotros. La original era la nave insignia de Cristóbal Colón, con la que llegó a América en 1492. Vivió dos años en Madeira, 1480-1482, aprendiendo sobre navegación en el Atlántico.

La vista espectacular no cayó en ojos indiferentes con nuestro fotógrafo. ¡Solo faltaba un parapente! No había despegue oficial, pero Hartmut sabía de un estacionamiento sobre la bahía desde el que Roli podría despegar. Fueron en el coche, mientras nos posicionábamos frente a los cactus con la cámara y el flash. Al tercer intento logramos la imagen perfecta, incluyendo a la Santa María en el fondo. 

 

Porto da Cruz

Después del chequeo matutino del clima, no estaba claro si podríamos despegar. Hartmut sugirió visitar Porto da Cruz, en la costa norte, al sur de Penha de Águia (Roca de Águila). Ideal por sus vientos del noreste y sin duda merecedor de una visita, aunque no fuera para volar.

Al llegar a la bahía, el viento era, como se esperaba, muy fuerte – demasiado fuerte para nosotros, pero para Roli, el piloto de acro, era el campo de juego perfecto. Fue el único que salió a volar, así que escalamos la colina al este del despegue para disfrutar de la vista y del espectáculo acrobático de Roli. Con los empinados acantilados de Penha d’Águia de fondo, la escena era espectacular. En el verano, este lugar es también famoso por el surfing y la natación y, con un poco menos de viento, también es un increíble paraíso para volar.

Como ya estábamos en la costa norte, nos desviamos a Santana, a las tradicionales casas de Madeira. Estas cabañas de piedra consisten solo de una pared hastial y un empinado techo de paja que casi toca el suelo. Tal vez parezca romántico y encantador, pero en el pasado era el tipo de morada que podían permitirse los más humildes. Familias enteras vivían amontonadas en las pequeñas casitas de paja, en las que apenas había espacio suficiente para una cama y una cubeta.

 

La península de Ponta de São Lourenço

Al día siguiente, Madeira volvió a mostrarnos su lado de vientos fuertes. Pero eso no evitó que descubriéramos la península de Ponta de São Lourenço, en el extremo este de la isla. Rocas de formas raras, poca vegetación, una brisa severa y excelentes vistas de la costa. El camino para senderismo estaba desierto debido al fuerte viento y a los chubascos, pero a pesar de las condiciones adversas, luchamos hasta llegar a la Ponta do Furado. Una vez allá, fuimos premiados con una maravillosa vista panorámica, pero debimos regresar rápidamente al coche y a su calidez.

Se acercaba el fin de nuestro viaje a Madeira. Bien fuera volando en un lugar nuevo, espectacular, o de visita en alguna alternativa emocionante, Hartmut probó ser el guía perfecto que trabajó incansablemente para ponernos a volar. Sin importar lo que el clima nos deparara, lo aprovechamos al máximo. 

 

TEN CUIDADO

En los últimos años, ha habido varios accidentes en Madeira de pilotos que no analizaron bien la previsión. El peligro principal es viento fuerte repentino y turbulencia, terminar sobre el mar por el viento es un peligro secundario. Se recomienda contactar a un guía o un piloto local experimentado. 

 

GUÍA DE 60 SEGUNDOS A MADEIRA

Cuándo ir: En Madeira se puede volar todo el año. Dependiendo de las condiciones, se puede volar por la costa durante horas. Desde mayo y hasta julio son también comunes las térmicas fuertes, que luego se pueden utilizar para adentrarse en la isla. Si puedes decidir a última hora, lo mejor es observar el clima para elegir el mejor momento.

Cómo llegar: Volar a Funchal (FNC), desde cualquier aeropuerto internacional o conectar por Lisboa, Portugal. 

Desplazarse: La mejor manera de recorrer la isla es en auto de alquiler. Cuidado después de la lluvia – las carreteras se vuelven resbaladizas.

1. Arco da Calheta, 440msnm: A una hora del aeropuerto de Funchal, el Arco da Calheta es ideal para acro, biplaza, XC y para entrenar. Es el hogar de Madeira Paragliding.

2. Cabo Girao, 544msnm: Despegue impresionante y sencillo ubicado en la cima del acantilado más alto de Europa. Se puede volar XC hacia el oeste y al este por la costa. Hay un aterrizaje oficial en la playa de Cabo Girao. El regreso es en góndola, €5/piloto.

3. Porta de Cruz: Hay varios despegues costeros a lo largo de la costa norte y uno tierra adentro en Lamaceiros (724m AGL)

Guías: Hartmut Peters (alemán, inglés, portugués), madeira-paragliding.com; Emanuel Spinola, madairparagliding.com; Remi Peres (francés, inglés, portugués) icanflyinmadeira.com

Mapa: © Mapbox, © OpenStreetMap

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