Expedición Monarca

lunes 15 marzo, 2021

From issue: Cross Country en Español 56 – Abril 2021

Inspirado por la migración de las mariposas monarca, Benjamin Jordan pasó el verano pasado en un viaje vivac de 150 días y 2.835km por Estados Unidos. Esta es la historia de un viaje increíble desde la frontera con México hasta Canadá

Una mariposa pasa volando por la ventana. Pasa aparentemente desapercibida y no es más que un momento breve de belleza. En ningún momento pienso “Ahí va mi maestra”. ¿Adónde irá? ¿Vuela sin rumbo o está en una misión tan larga que hasta los pilotos más ambiciosos se morirían de envidia?

Es 1ro de noviembre y los mexicanos celebran el Día de los muertos. Desde el aire, veo familias reunidas, comiendo, encendiendo fuegos artificiales. Pienso que mientras vuele alto estoy seguro. Pero a medida que me acerco al Nevado de Toluca, un volcán de 4.680m a 60km al este de Valle de Bravo en México, una capa de nubes en sobredesarrollo deciden mi destino y me obligan a aterrizar en una pradera sombreada a unos 3.000msnm. Qué raro; en vez de la banda inusual de niños, me rodea un mar de mariposas.

Pliego rápido y las sigo hasta el bosque. Cada vez hay más hasta que el susurro de las hojas lo opaca el aleteo de millones de alas diminutas naranja y negras. Me quedo cual niño en su primer día de jardín de infancia. Miro a mi alrededor y siento que estoy rodeado de maestras; las mariposas que cambiarán mi vida para siempre.

El Día de los muertos es una fiesta en la que los mexicanos honran a sus ancestros. En las montañas de la Sierra Madre, también es época de celebración del retorno de las mariposas monarca. Durante las siguientes semanas, millones completarán su viaje largo y arduo desde Canadá. A pesar de comenzar desde unos lagos a miles de kilómetros de ancho, migran a unas de las pocas montañas en esta región de México donde aterrizarán sobre los mismos árboles donde sus ancestros hibernaron el año anterior.

¿Cómo una forma de vida, con las habilidades de pilotaje de un papelito, encontrar su rumbo por Norteamérica hasta un destino no más grande que un patio de recreo que ni ella ni sus padres ni sus abuelos han visto? Esta pregunta es un misterio que sigue desconcertando a los científicos. ¿Qué entienden estos pilotos diminutos que nosotros no? ¿Qué implica su viaje y qué aprenden durante el camino? Solo hay una forma de averiguarlo.

Inicio – La frontera

La cerca metálica alta y gruesa se extiende por el sur de Arizona como una serie infinita de púas metálicas oxidadas del medioevo. Busco tocarlas y, casi instantáneamente, una camioneta blanca aparece en el horizonte, levantando polvo, acercándose a toda mecha hacia mí. Es la patrulla fronteriza de Estados Unidos. Salen del vehículo, armas en mano, y me preguntan qué diablos hago.

Me cuesta encontrar las palabras. A pesar de haber redactado un mar de propuestas de patrocinio, era la primera vez que lo diría en voz alta y me faltaba práctica.

“Soy piloto de parapente. ¡Voy a cruzar Estados Unidos volando!” Dije rápidamente. “Hasta la frontera con Canadá”.“¿Puedes hacerlo con eso?” Pregunta el guardia. De repente, la magnitud de la expedición me cayó encima como un tsunami.
“Sí”, respondo inseguro. “En teoría”, agrego.
“Buena suerte, entonces”, me desea, antes de seguir patrullando la infame cerca.

Dejar la cerca metálica alta es más difícil de lo que hubiera imaginado. Dar ese primer paso significa comprometerse a un viaje que temo físicamente incapaz de completar, mientras que al mismo tiempo, sé que una vez que lo inicie no podré permitirme fallar. Me alejo de la cerca.

Desierto de Arizona

OSO 35km/h, ONO 40, NO 36 es la previsión de viento para las semanas siguientes. Como si el mar de cactus afilados y artemisas no fueran suficientes, la intimidación que siento por intentar remontar térmicas cortadas por el viento es una realidad que tendré que afrontar.
Esta mañana, me alivia el viento relativamente suave y después de una semana inquieto por no poder volar, estoy completamente consciente que si no avanzo hoy, tendré que esperar al menos tres semanas más hasta tener otra oportunidad.

Cierro los ojos y cuento hasta tres. Con un tironcito sutil en las A, mi Alpina 3 nueva sube de golpe en un ciclo fuerte y levanta mi cuerpo antes de que pueda darme la vuelta. Los tambores de guerra en mi mente resuenan con convicción. No perderé ningún metro, no desperdiciaré ninguna térmica. Soy uno solo con la naturaleza y la única diferencia entre las mariposas monarca y yo es la mezcla de mantequilla de maní y Nutella que de alguna forma se han fusionado con mi vello facial.

Subo a apenas 0,1m/s, giro pacientemente, cada centímetro que subo alivia la ansiedad que me genera la extensión de cactus que sobrevuelo. Pasa una hora. Estoy apenas a 200m del despegue, demasiado bajo para ir a ningún lado pero lo suficientemente alto para ver que los arroyos a 10km están secos. Cierro los ojos, intento sentir el aire. El olor a maní es abrumador y ¡bum! La térmica se acelera a 10m/s intensos casi instantáneamente. Llego rápido a 3.000msnm, planifico el siguiente movimiento mientras la térmica sigue hasta 5.200m, lo más alto que he volado en mi vida. Cactus o cocodrilos, sequía o inundación, es una forma de volar completamente nueva y cualquier decisión es buena. ¡Soy un astronauta!

Vuelo hacia el norte mientras dura mi suerte. Alto sobre el desierto veo minas, acueductos, cordilleras lejanas y la ciudad en expansión de Tucson no es más grande que mi bota. Con días como este, ¡llegaré a Canadá en una semana!

Medianamente hipóxico, aterrizo en las afueras de las ruinas de Winkelman, un pueblo minero arrasado por una crecida del río Gila en 1993. El punto más bajo (600msnm) de mi ruta de 2.800km y el calor del desierto inunda el pueblo fantasma como en el fondo de un desagüe.

Mi despegue improvisado, una cresta de 300m sobre una antigua refinería de cobre es un claro de tierra meticulosamente desmalezado entre cactus y piedras ardientes. Cargo 10 litros más de agua, 13 en total, para evitar deshidratarme, pasar la noche y despegar desde mi posadero precario día tras día.

Pasan cuatro días estables y no puedo pretender entender las condiciones. Hay sol, el viento es razonable, pero tardo siete días en darme cuenta que nunca había volado antes en el desierto. Demasiado orgulloso para preguntar en el grupo local de Facebook, paso las tardes tocando banjo a la sombra de una antigua galería de mina. Mis canciones tristes hablan del lamento de un minero que llegó 100 años tarde.

Es 15 de mayo. A pesar de que ya he usado 25% del tiempo de expedición, no he recorrido ni el 10% de la ruta. A menos que cambie algo, no voy a terminar el viaje. Busco sabiduría entre los cactus de 200 años, los lechos de río secos y las plantas rodadoras que pasan y me doy cuenta que lo único que no cambiará soy yo.

El primer paso es el más difícil. No porque me saldrán ampollas por caminar 60km por carretera de asfalto, ni por los comentarios molestos de los conductores de Arizona. Es difícil porque hasta cierto punto se siente como rendirse. No quiero caminar, no es lo que hago. Lo que más duele es el ego. En vez de demostrar su valía en estos estados de vuelos milagrosamente largos, hoy intenta asimilar que soy demasiado ambicioso y que el único ‘milagro’ que veré en esta expedición es la meta.
Después de tres días largos, llegué al este de Phoenix. A pesar de sus agujas y su nombre imponente, las montañas Superstición inspiran una confianza conocida. Ala, listo, arnés, listo, cámaras, listo, listo y salgo a volar.
Las quejas insignificantes y el ego frágil se convierten en rocas rojas gigantescas y agujas afiladas grises. Cambian de forma, por el paralaje a mis pies y me recuerdan mi propósito. Los lagos y ciudades hacen que me concentren mientras el aire turbulento me lleva a alturas que influyen en mi percepción profunda. Miro hacia abajo y veo un avión enorme que aproxima para aterrizar y me doy cuenta que quizás no debería estar ahí. Acelero y me adentro hacia el norte desconocido.

Nunca me había sentido tan grande al mismo tiempo que reconocía mi minúscula existencia. A pesar de no haber árboles, el desierto agreste cubierto de cactus grita “¡Vuela o muere!” Así que vuelo, me olvido de lo que creo saber y absorbo las lecciones que el desierto tiene para ofrecer.

Dudo un poco mientras sobrevuelo bajo el cañón del lago Apache y remonto hasta la cumbre del pico Brown (2.334m), la montaña más alta del viaje hasta entonces. El dulce aroma del avance soplaba del sur y me ayudaba a avanzar. El terreno, a pesar de ser desconocido, genera térmicas lo suficientemente buenas como para seguir jugando al sapo del desierto.

Salto hacia el norte y el techo sube, así como el fondo del valle. A mis pies, hay una línea topográfica delgada en la que los cactus pasan a ser árboles y arroyos llenos de agua. Como si hubiera volado hacia a un universo paralelo, el aire que antes era caliente y seco, ahora está lleno de olor fresco a pino y frente a mí se alza el gran escarpe Mogollón. Esta escarpadura de 300km de largo atraviesa Arizona por el norte y marca el borde sur de la meseta de Colorado.

La paciencia rinde sus frutos y sigue mi suerte; avanzo rápido por el norte de Arizona la semana que sigue. Desde el gran escarpe hasta Sedona hasta la ciudad alta de Flagstaff y un vuelo épico hacia el norte por el borde oriental del Gran Cañón. A pesar de haber tenido que atravesar los parques y monumentos nacionales a pie, después de todo este tiempo Utah estaba a solo un paso.

Las montañas de Utah

El sol sale detrás de la cumbre del pico Monroe a 3.400m y salgo de mi tienda y estiro los brazos con confianza y orgullo. Después de dos meses de volar por cordilleras cortas, llanuras y colinas, estoy en el extremo sur de varias cordilleras altas y la cuna de algunos de los vuelos más largos de EEUU.

A diferencia de mis despegues improvisados en Arizona, había otros pilotos y una atmósfera de competencia sana. Algunos de los locales despegan en los primeros ciclos y se nota que habría bastante viento de sur: perfecto. Espero media hora a que suba el techo pero durante mi primera transición, solo un piloto se atreve a seguirme en este viaje de ida al norte. Ambos con alas EN-C, avanzamos con la deriva fuerte del viento de 25km/h de sur. A veces yo encontraba la térmica, otras era su turno. A 40km al norte, el relieve es más pequeño, pero con suficiente altura, vuelo al frente con una nueva sensación de confianza.

Cinco kilómetros después, miro hacia atrás y veo a mi compañero girar una térmica sólida unos 2km detrás de mí. Me doy la vuelta rápidamente y me doy cuenta que las ráfagas de sur de 30km/h me tenían reservados otros planes. Vuelvo a darme la vuelta hacia el norte y vuelo como alma en pena pero las crestas bajas barridas por el viento me tragan como mariposa en un túnel de viento. Vuelo a -10km/h y aterrizo dentro de un cañón al este de la ciudad de Salinas, después de 50km.

Pliego, busco agua y camino hacia el oeste para salir del cañón esa misma noche y lamentablemente revisé XContest.org y vi que mi compañero llegó mucho más lejos. ¡El caballero voló 160km y tres horas más! Mientras que hasta ahora siempre había justificado mis vuelos cortos diciéndome que le había sacado máximo provecho al potencial del día, ver objetivamente a otro piloto pisotear mi distancia hace que mi psique caiga en picada. ¿Regreso 50km a pie e intento hacerlo mejor o camino hasta un lugar donde pueda despegar, a 50km al norte, y confirmo mi posición de piloto no tan bueno? Doy vueltas toda la noche, evaluando los pro y los contra de cada opción hasta que me doy cuenta que sin importar lo que decida, pierdo. En un caso, no puedo volar a la par de los pilotos locales. En el otro, hago algo fuera de lo convencional por desesperación para demostrar mis habilidades. Avergonzado, apenas ligeramente convencido, desarmo campamento y sigo hacia el norte.

Pasan tres días. Dos días de ampollas por la autopista, de que me tocaran la bocina y de intentar convencerme de mi decisión desanimada y otro día más subiendo 1.300m entre arbustos por la cara oeste de una montaña, 15km al sur de la legendaria cordillera Wasatch de Utah. Sano mis pies y además lamo mis heridas emocionales, mi orgullo no puede dar un paso más.

El sol fresco crea térmicas fuertes y a pesar de que el viento no ha disminuido desde la noche, despego al vacío con la humildad de un adolescente en su primer día en la secundaria. ¡Pum! Desaparece 40% del ala izquierda. Trátame bien. ¡Pam! Desaparece el lado derecho. Después del curso SIV improvisado, me alejo y me doy cuenta que me conformaría con un vuelo de relación. Disminuyó mi confianza y se desinfló el ego, ya no estoy lleno del aire caliente que me ha estado llevando hacia el norte y no sé qué hacer.

El vario pita, ahora estoy lejos de la ladera y a 1.000m sobre las colinas. Bip Bip y giro. Sigue pitando otros mil metros. Puedo ver mi planeo memorable hasta las Wasatch. Más al norte, me convierto en transeúnte mientras el vuelo empieza a organizarse solo. No de la forma que hubiera imaginado: rasgando la cordillera enorme y pasándole por encima. En cambio, el viento, el ala y las térmicas bailan de forma conservadora, manteniéndose principalmente sobre las colinas más bajas y a una distancia considerable del terreno que genera turbulencia.

A 90km al norte, termina mi vuelo zen debido a un bloqueo térmico inesperado generado por la brisa del lago Provo. Inmutado, vuelvo a subir a las Wasatch y aprovecho al máximo cada día, durante 21 días seguidos. Mientras que muchos vuelos de cinco horas solo fueron de 50km, la rutina diaria de preparar café, volar lo mejor que podía y buscar otro despegue para después armar campamento es la meditación que tanto había buscado. Aquí en Utah, aprendí que esta expedición no consistía en ir al límite de un deporte y ser el mejor, sino en encontrar mi propio límite para descubrir lo mejor de mí.

Expreso Idaho

El viento sopla fuertemente por la cara de la colina “Número”, nombre acertado que le dieron los locales de Arco debido a los números pintados en la cara, números que significan los años de graduación de cada promoción de secundaria desde principios de la década de 1920.

Remonto la cresta de 400m sobre un patatal con la mochila más ligera de lo normal. Con expectativas bastante bajas para los días siguientes, me imaginaba aterrizando temprano y había decidido no reaprovisiona en el pueblo. Pero si has leído hasta aquí, sabrás que casi siempre me equivoco.

Tres, dos, uno y me monto en un tren expreso hasta la nube que crecía rápido. Subía tan rápido que ni siquiera lograba tragar mi propia saliva y estaba a 500m después de apenas 30 segundos de vuelo. ¡Carajo, Idaho! Hoy hay potencial de volar lejos y de otra realidad que intentaba tanto ignorar: el sobredesarrollo enorme.

Pero días inestables como este son como una aguja en un pajar. Después haber sufrido tres meses de estabilidad en Arizona y Utah, si no aprovechaba este día, moriría de arrepentimiento. Sigo hacia el norte, dando vueltas por las cumbres de la famosa zona de vuelo de King Mountain y sus amigas en la gran cordillera Lost River. Imparable, me deleito viendo aviones pequeños y autos a mis pies, sin darme cuenta que el viento aumenta y que todo se nubla cada vez más.

¡CRACK! Suena el primer trueno. Seguido de un relámpago apenas cuatro segundos después. Saco cuentas y me doy cuenta que estoy a apenas 1km de convertirme en un kebab volador. Sigo a 3.000m sobre el valle, el viento y ascendencias han aumentado considerablemente y casi meto en pérdida el ala. No hay otra forma de bajar en 30 minutos.

¡CRACK! Suena una segunda descarga, esta vez frente a mí. Sin pensarlo, giro hacia el sureste y aprovecho el viento de cola para ir lo más rápido posible. Llueve en todos lados y el agujero azul sobre mí se cierra rápido. Como una bala a 70km/h, desciendo rápido y tengo colapsos en el rotor de los picos que esquivo.

Al fondo de la cordillera Lemhi, enfrento el viento y momentos después, aterrizo, no en el valle sino en una montaña enorme que no quise cruzar porque no veía qué había atrás. Después supe que esta montaña de 3.233m se llamaba pico Junction.

Veo relámpagos a través de las paredes de mi tienda de campaña ultraligera. La lluvia torrencial se lleva cualquier esperanza de volar al día siguiente. De repente, mi decisión de no comprar comida en Arco hace que mi estómago se retuerza de arrepentimiento. El arrepentimiento se convierte en hambre cuando veo que solo me queda una ración de un día. Maldita sea.

Sigue lloviendo hasta la mañana y principios de tarde. Me quedo acostado dentro de la tienda, intentando no quemar calorías y toco banjo mientras me consume la locura. Los ratones alpinos dan vueltas alrededor de mi refugio, ansiosos por el olor de mi ración cada vez más reducida de mantequilla de maní. La vigilo dentro del bolsillo derecho y tengo los fideos a salvo dentro del izquierdo.

Duermo intermitentemente mientras me ruge el estómago y espero todo menos lluvia mañana.

El aire cargado me saca de mi sueño profundo. No había sentido nada parecido en días y solo podría ser por la luz del sol que calentaba el interior de la tienda. ¡El Sol!
Desesperado por despertarme, hago una fogata, derrito nieve, bebo café y consumo mi último paquete de fideos. Son las 9am y los cúmulos empiezan a parecer palomitas de maíz. No es buen indicio, pero trataré de ser positivo.

A pesar de que el regreso implica cruzar una cordillera enorme y remota, el siguiente valle civilizado está a apenas 15km. Una térmica debería ser suficiente. Los cúmulos crecen a mi alrededor. Los agujeros azules ahora son escasos y me preparo pensando que es todo o nada. Invoco mi Rambo interior y mi secuela hollywoodense depende del éxito poco probable.

Espero que empiecen los ciclos en la cara sur, pero sopla una ráfaga de norte y me tumba la vela. Al norte solo hay un acantilado y un cañón, por lo que esta cara sur, mi única salida, empieza a sentirse más como una salida de emergencia que está a punto de cerrarse.

“¡Por favor!!” Le grito a cualquiera de las montañas y nubes enormes que puedan oírme; a mí, un ser minúsculo conectado a un montón de nylon en medio de la nada. Nuevamente, el viento viene del norte. Vuelvo a organizar mi ala y acepto que la única solución es correr viento de cola y rezar.

Como un pase milagroso en los segundos finales de un partido de fútbol americano, corro como el delantero, con la cabeza adelante, los brazos extendidos, por la ladera rocosa. Un metro, dos metros, mis piernas dan vueltas como en las caricaturas.

A 60km/h, mi vela mayormente inflada sale a volar y solo entonces entiendo dónde estoy. Estoy rodeado de un cañón repleto de árboles con rápidos 500m más abajo. Pierdo altura rápido mientras intento rodear el extremo este de la cresta y rezo por una térmica de rotor que no encuentro.

A 250m sobre el río, me obligo a volar hacia la ascendencia extraña que se desprende de las agujas a mitad de ladera del lado norte. De puñal en puñal, hago ochos mientra agradezco cada metro que me dan hasta que llego hasta la cumbre donde, como un cohete de gratitud, la aguja más al sur me catapulta como el último grano de maíz hacia el balde infinito de palomitas de maíz.

A 700m sobre mi despegue peligroso, observo la vastedad remota a mis pies. A pesar de querer volar hacia el sur, el instinto de supervivencia me obligó a volar hacia el este por una autopista turbulenta lo más rápido posible para alejarme de la tormenta que se avecinaba.
Con una transición épica de 30km viento de cola, llego al pueblo de Lemhi y, mientras volaba sobre una colinita en el pueblo, siento la emoción profunda de un sueño hecho realidad. A pesar de solo ser una colina, llegué a la divisoria continental de Norteamérica; la alfombra roja y rocosa a Canadá.

Desde las colinas al frente, salto hacia atrás y después finalmente sobre la cresta principal de la Gran Cordillera Divisoria. Pico memorable tras pico, cubro la distancia que tanto había ansiado desde el primer día. El olor a gratitud inunda el aire dulce y poco denso mientras derivo de Idaho a Montana y de vuelta.

Sigo por la divisoria, volando contra el viento norte cada vez más fuerte, compensando las dificultades que he enfrentado durante meses con terreno y condiciones difíciles. Congelado y cansado después de seis horas increíbles en los elementos, aterrizo en North Fork, Idaho donde me recibe el propietario y su hijo, ambos con los rifles más grandes de mis tiernos ojos canadienses hayan visto.

“¿Qué haces aquí?”, preguntó el más joven.
“¡Gracias, guao, genial, gracias!” Grito mi discurso de presentación que ahora es una avalancha de gratitud, alegría y amor.

Como si hubiera dicho palabras mágicas, que me habían faltado hasta ahora, ambos bajaron las armas y se rindieron ante mi descarga de risa y entusiasmo.

Hecho en Montana

Después de más de 2.000km y con gran parte de este gran país detrás de mí, los cactus, el Gran Cañón, el Gran Lago Salado e incluso el impresionante estado de Idaho. Un viaje que parecía demasiado grande estaba ya tres cuartas partes completo y solo faltaba comerme la guinda del pastel, o eso pensaba.

Ya conozco las Rocosas de Montana y me recuerdan con las que ya me he roto los dientes en casa. De ahí en adelante, ya no es cuestión de cómo volar sino cuándo. Pero el cielo cada vez es más oscuro, no por las nubes sino por una capa de humo. A pesar de estar a 3.000km, el humo de los incendios de California había llegado hasta el noreste y tapó el sol, por lo que tuve que esperar aburrido cinco días o más.

Tercamente, me negaba a caminar por esos parajes de las Rocosas y espero días hasta que logro un vuelo de apenas 20-30km hacia el norte y subo hacia mi siguiente campamento.
Las raciones de comida se agotaban y mi dieta pasó a ser arándanos, que crecen en abundancia. A pesar de estar altamente antioxidado, también alucinaba un poco. Las bayas, el humo, el banjo, la soledad… esta es mi vida, aunque de alguna forma puedo con ella.

Día 150. Despierto de mi coma inducido por las bayas, salgo de la tienda y siento ese irritante viento noroeste en el rostro. Al menos está despejado, pienso, después de bajar las expectativas a prácticamente cualquier día en el que pueda respirar. Me pongo el equipo sin esfuerzo, ahora mi uniforme, despego entre rocas afiladas, rompo una línea del estabilo, evalúo el riesgo y enfilo hacia el norte.

Como si estuviera viéndome desde arriba; este hombre y su psique se han dedicado más a esta meta que a ninguna otra cosa en su vida. Para ello, entregó su corazón y su alma por completo al vuelo, hasta el punto que ha renunciado a lo que le quedaba de personalidad y ahora, se ha convertido en el sueño.

Tras 2.815km veo que el sueño no es un récord mundial sino una lección que aprendí en el camino. Mientras que Arizona me enseña a ser paciente y a entender mi lugar en el mundo, Utah me sermonea humildad y me recuerda que la grandeza de uno solo puede medirse en uno mismo. Por otro lado, Idaho me recuerda que no hay que juzgar a un libro por la portada y me ilumina al enseñarme que la gratitud desbloquea la solución a cualquier problema sin resolver.

Y es aquí y ahora que Montana devela su sabiduría. Un paisaje agreste y serio creado por actividad sísmica, esculpido por la exploración gasífera y minera, pero que florece con una abundancia de naturaleza y belleza que dejaría atónito hasta al más cínico. Montana enseña a rendirse; el arte de dejar que la Madre Naturaleza gobierne nuestra experiencia, como siempre lo ha hecho y siempre lo hará.

Bajo, a apenas 50m de una gravera y todavía a 20km de Canadá, me preparo para aterrizar, sobrecogido de gratitud por este último vuelo y todo lo bueno que estaba por venir. Bip, bip y le doy una vuelta. La brisa cálida sigue soplando y, a pesar de derivar de mi aterrizaje seguro, me inclino a la izquierda y giro por costumbre. Subo 50m y duplico la distancia del suelo.

Cierro los ojos, subo otros 400m y a 1.000m entiendo. Esta última ascendencia nació de un momento de paciencia, de gratitud incondicional y me rindo ante el mundo tal y como es, libre de juicios de las condiciones desfavorables de mi ser desgastado. Sirve de recordatorio que los milagros no son solo llegar a la meta sino las circunstancias minúsculas infinitas, buenas y malas, que nos hicieron llegar hasta ahí.

A apenas 1km de la línea delgada que marca la frontera sur de Canadá, el verdadero éxito de este viaje lo medirán aquellos que se imaginen a una mariposa diminuta intentando la misma hazaña. Con habilidades de ninja, estas guerreras vulnerables desafían los límites del universo conocido y nos recuerdan que, a una escala global, los humanos somos igual de pequeños y, mejor aún, igual de capaces.

Gracias a Lyndsay Nicole por haber enviado las previsiones de clima por inReach y por haber documentado la expedición. Gracias también a nuestros patrocinantes: XINSURANCE, Ozone Paragliders, High Adventure, Big Agnes, Garmin Outdoor y Goal Zero.

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